Colaboraciones medios

 

José Carlos Sánchez de la Vega
Departamento de Economía Aplicada, Universidad de Murcia. Cátedra de Empresa Familiar Mare Nostrum
La Opinión, Encuentros 3 diciembre 2017

El término competitividad ha cobrado una gran relevancia en las sociedades actuales por su repercusión en el crecimiento económico y en el bienestar de los ciudadanos. Como algún autor ha señalado de forma muy expresiva, “la consigna es: competir o morir”. A pesar de esta creciente popularidad, su definición sigue siendo imprecisa, y ha llegado a ser calificado como un término ambiguo y difuso.

Sin embargo, esta circunstancia no debe interpretarse como un obstáculo insalvable a la hora de abordar el estudio de este fenómeno económico, sino que, al contrario, debe ser un acicate para seguir avanzando en el conocimiento de los factores que determinan que una empresa, una región o un país sean más o menos competitivos.

En este contexto, han proliferado los estudios cuya temática principal gira alrededor de la competitividad. Obviamente, hacer una revisión de los mismos se convierte en una compleja y casi inabordable tarea, pero es posible aventurarse a señalar dos de las reflexiones más recurrentes, aún a riesgo de ser excesivamente sintéticos.

La primera tiene que ver con la evolución de este concepto a lo largo de las últimas décadas. Así, del tradicional enfoque basado casi exclusivamente en los costes, se ha pasado a un enfoque estructural según el cual la competitividad depende tanto de factores empresariales o sectoriales, entre los que pueden citarse las estrategias de gestión y comercialización, la reputación o la calidad, como de factores del entorno que configuran un espacio atractivo para las empresas y que estarían representados por la dotación en infraestructuras, la capacidad innovadora, la calidad del capital humano o la estabilidad institucional, entre otros.

La segunda tiene que ver con la necesidad de acotar el ámbito de estudio de la competitividad. Conscientes de las diferentes aristas o caras que tiene este término, que algunos han asimilado a un caleidoscopio, parece indispensable determinar el nivel de análisis, entre otros motivos porque a cada nivel le corresponderán diferentes estrategias o instrumentos. En este sentido, puede hablarse de competitividad empresarial, competitividad regional/sectorial y competitividad nacional.

Hechas estas matizaciones, cabe preguntarse sobre los factores que inciden en la competitividad de las empresas familiares. Según un reciente informe del Instituto de la Empresa Familiar (“La Dimensión Empresarial como factor de Competitividad”), talento, ilusión, esfuerzo, compromiso, experiencia o capacidad de organización son algunos de los elementos que determinan el éxito o el fracaso de estas empresas y, por tanto, su capacidad de crecer.

No obstante, estos factores están condicionados por un marco general conformado por el capital humano, el mercado de trabajo, la eficiencia administrativa y la disminución de las barreras regulatorias, la simplificación impositiva y el desarrollo de los mercados financieros. Sobre estos factores, las empresas familiares apuestan por acometer importantes reformas que van desde un pacto de Estado por la educación, al fomento de la cultura empresarial, la lucha contra el fraude, la simplificación y transparencia de las Administraciones Públicas, el fomento de la innovación o la mayor interacción entre empresa y universidad.

Tener en cuenta estas propuestas a la hora de diseñar y planificar la política económica, a buen seguro permitirá alcanzar mayores cotas de competitividad a todos los niveles, y ese debe ser un objetivo de todos, en la medida en que redundarán en mayores cotas de bienestar general.

 


Colaboradores

                  

 

Menu